
CURSO 2008
ABORDAJE MULTIDISCIPLINARIO SOBRE LA PROBLEMÁTICA DEL CONSUMO DE DROGAS
Lic. Miguel A. Silva Cancela Octubre Del 2006 Montevideo – Uruguay
PASTA BASE DE COCAINA EN EL URUGUAY DE HOY – HACIA UNA CLÍNICA IMPLICADA
“El mundo crea en nosotros el lugar dónde recibirlo”
- Buber
- DROGAS Y SOCIEDAD DE CONSUMO: FIGURA Y FONDO
Sabemos que la ética del capital es pavorosamente elemental: lo que genera lucro, está destinado a existir y prosperar en el mercado global por su condición de “Buena Mercancía”, y lo que no genera lucro, está destinado a desaparecer del mercado por su condición de “Mala Mercancía”.
El problema para la especie humana, en este momento histórico caracterizado por la globalización del capital y del mercado, es que mercado y “mundo humano” coinciden demasiado. El poder de colonización del capital y sus lógicas sobre todos los territorios del hombre es abrumador. Como consecuencia, cualquier elemento del “mundo humano” que funcione como “mala mercancía” (desde un valor, una idea, hasta una comunidad entera de seres humanos) estará en alto riesgo de adquirir la condición de superfluo, invisible, intrascendente socialmente, y de tener como destino la desaparición del mercado y también del mundo.
Las formas predominantes de organizar nuestros vínculos como consumidores con nuestros objetos de consumo en el mercado global, rápidamente se desplazan inconcientemente hacia los vínculos interhumanos. Por ejemplo: la regla del “úselo y tírelo y cuanto más rápido mejor” – pues así se mantiene bien lubricado el funcionamiento del mercado – se instala rápidamente en la subjetividad humana, organizando las formas más usuales de vincularnos con otros seres humanos.
Desde nuestro punto de vista, la UNIVERSAL1 industria del marketing en esta era del capitalismo mundial integrado, es la maquinaria de producción de
1 Pensamos que el marketing en este momento sociohistórico, es la lógica rectora del funcionamiento social, logrando entronizarse como un verdadero lenguaje universal para la especie humana, que aporta las lógicas básicas de lectura de la realidad, desde las cuales organizamos nuestras formas predominantes de VINCULARNOS con las cosas y con otros seres humanos.
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SUBJETIVIDAD2 más poderosa y eficaz creada por el hombre. El problema es que estamos siendo fagocitados por nuestro maravilloso invento. Del funcionamiento de esta mega industria del marketing, surgen dos grandes productos esenciales para mantener activa nuestra maquinaria social actual:
- La FETICHIZACIÓN permanente de los objetos de consumo transformándolos así en HIPEROBJETOS, de los cuáles las drogas serían verdaderos OBJETOS TOP, por la “PLUSVALÍA SOCIAL” que portan. Utilizamos aquí la noción de fetiche aportada por el materialismo histórico, para el cual fetiche es aquel objeto que ha sido capaz de ocultar su proceso social de producción. Cuando hablamos de “plusvalía social” de los objetos, intentamos destacar algo que habitualmente se deja bastante de lado en la clínica de las adicciones, y en los manuales de psicopatología y de biopatología: que los seres humanos no nos vinculamos con “cosas en sí”, sino con discursos socialmente construidos sobre las cosas, que luego cargan ese “plus” socio-institucional. Esa “plusvalía social” es lo que hace a cualquier objeto de nuestro sistema social, más o menos psicoactivo, y también incide significativamente en su bioactividad en nuestro cuerpo; siendo por ejemplo, el motor fundamental del célebre “efecto placebo”. En forma más genérica: uno no se compra un auto, o cualquier otra cosa. Uno compra un discurso sociohistórico sobre un auto; por eso seguramente un “Ferrari” es mucho más psicoactivo, bioactivo, y socioactivo, que un “Fitito”. Esto es perfectamente extrapolable al plano de las ideas: los vínculos con una ideología, o incluso con nuestros referentes teórico-prácticos, pueden ser tan o más psicoactivos, adictivos, tóxicos y alienantes, que el vínculo con una sustancia.
- La producción permanente de CARENCIA en la subjetividad del consumidor. La renovación permanente del “SER DE LA FALTA”, como equipamiento subjetivo básico. Falta que promete ser colmada, siempre momentáneamente, por un HIPEROBJETO diseñado por el sistema para esos fines. Este fetichismo postmoderno, recurre a los mismos mecanismos de desplazamiento y condensación descritos por Freud; lo que varía fundamentalmente es su régimen de temporalidad.
Este es un fetichismo hiperveloz de la era del zapping y del marketing: todo me seduce, todo me maravilla, pero por cinco minutos. Luego me desencanto, y vuelvo a sentir mi “falta”, mi agujero existencial, mi castración, mi depresión.
Como reza un spot publicitario: “no hay depresión que una buena tarde de shopping no pueda curar”. Frente a estas “neurosis de consumo”,
2 Por SUBJETIVIDAD, entendemos básicamente las formas socialmente instituidas de pensar, sentir y actuar. Esta noción nos resulta sumamente útil en la clínica, ya que nos permite resignificar y reutilizar los problemáticos conceptos de sujeto, ideología e incluso inconsciente. (Sobre estos tópicos nos extendemos en un trabajo anterior: “Apuntes para el diseño de una psicología política” en Hermano Animal La “naturaleza” humana, cuadernos de la coordinadora de psicólogos del Uruguay 2002)
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que todos en mayor o menor medida padecemos, el adicto construye una suerte de “PSICOSIS DE CONSUMO”, pero a diferencia del psicótico, que frente a una realidad intolerable construye su delirio como una realidad interna alternativa en la que se refugia, el adicto se mantiene precariamente vinculado a la realidad, con la ayuda de su hiperobjeto protector, que funciona como un objeto “transicional” que amortigua el impacto de una alteridad, también insoportable. El vínculo con ese objeto de consumo casi perfecto, le permite recrear, en un circuito de repetición alienante, las matrices de vinculación tóxicas que incorporó en sus vínculos primarios, con su familia de origen y su entorno social.
Por esto es que el adicto funciona para el hombre occidental medio, “normal y legalista”, como un espejo desformado que le devuelve su propia imagen desfigurada y aumentada. Por temor a esa siniestra proximidad es que prefiere verlo como un ser por completo extraño, ajeno totalmente a sus valores e intereses. Como un inadaptado radical a la sociedad que el integra pacíficamente. Aunque nos cueste reconocerlo su compulsión se nutre de nuestros más queridos patrones culturales, frente a los cuales no actúa como un inadaptado, sino todo lo contrario. Más bien tendemos a pensar que su conducta es una extraña forma de hiperadaptación a los dispositivos socio institucionales de subjetivación rectores de nuestra cultura. La adicción la pensamos entonces como una fusión momentánea y siempre insuficiente – ALIENACIÓN CONSUMISTA PERFECTA – en un objeto que promete y sabe prometer siempre más a un sujeto que se siente cada vez menos. En un momento histórico donde los objetos de consumo se fetichizan, mistifican y “personalizan” cada vez más, la subjetividad del consumidor está condenada a ahuecarse, despersonalizarse y cosificarse cada vez más. Ya ni siquiera es necesario estar vinculado a otro ser humano sino simplemente “conectado” a los circuitos de consumo, como sugiere la campaña publicitaria de nuestra empresa estatal de telecomunicaciones en su slogan: “estar conectado es estar”. Los adictos, en una mirada macrosocial, serían entonces los hijos perfectos del feliz matrimonio entre el capitalismo líquido actual, y el “ser de la falta” como equipamiento subjetivo básico aportado por el marketing.
“Terminemos con el hambre y la pobreza:
Comámonos a los pobres”
(Graffiti Rioplatense)
- PASTA BASE Y EXCLUSIÓN SOCIAL. ¿DÓNDE ESTÁ EL FLAGELO?
Desde la perspectiva que venimos desarrollando, pensamos que el mayor problema que tiene actualmente el capitalismo a escala planetaria, es básicamente
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un problema demográfico. Este problema global, lo caracterizaríamos como un marcado ANTIDARWINISMO SOCIOECONÓMICO, que podríamos sintetizar de la siguiente manera:
- Paradojalmente, los sectores sociales más pudientes, más “aptos” al acceso a los bienes materiales, culturales y simbólicos, son los que demográficamente muestran el más bajo potencial reproductivo. En esta era del capitalismo mundial integrado, se reproduce muy velozmente la riqueza, pero no los ricos. Esto genera un fenómeno a escala global, de hiperconcentración del capital en cada vez menos personas.
- Se han ido estructurando de esta forma, “guettos de ricos cada vez más ricos”, asediados por una masa crítica de pobreza cada vez más empobrecida y radicalmente excluida; con un crecimiento fuera de control.
- Pensamos que este contexto social se muestra particularmente favorable para la emergencia y rápida irradiación de nuevas “plagas modernas”, de nuevos “flagelos sociales”, en los sectores sociales más vulnerables.
Desde el 2002 hasta el presente, consideramos que esta ha sido la principal “FUNCIÓN SOCIAL” 3que ha venido cumpliendo la pasta base de cocaína en nuestro medio: la de una nueva peste, que mantendría bajo control el crecimiento exponencial de una peligrosa masa crítica de pobreza extrema, inédita en nuestro país, mediante una suerte de “CANIBALISMO DE LA POBREZA POR LA POBREZA MISMA”.
Como suele suceder con todas las drogas, la pasta base de cocaína genera en el observador desprevenido, una suerte de fascinación hipnótica sobre la “sustancia y sus supuestos poderes”, que hace perder de vista los verdaderos problemas. Los que están en la base causal del VÍNCULO TÓXICO que se establece con la sustancia, (sea cual sea esta, incluso la pasta base de cocaína) y que deberían ser los objetivos básicos para una acción transformadora.
En ese sentido, no debemos distraernos con el poderoso señuelo de la pasta base de cocaína, entronizada en el centro de nuestras miradas por las lecturas
3 Cuando hablamos de funciones sociales de una droga, (en este caso la pasta base de cocaína) lo hacemos desde una concepción clínica de los vínculos adictivos, que nos obliga a instalar tres campos simultáneos de diagnostico e intervención:
1) El diagnóstico de las funciones y beneficios secundarios de la droga en la
escala del individuo (escala subjetiva)
2) El diagnóstico de las funciones y beneficios secundarios que cumple la
droga en la escala de su mapa vincular: esto es, su grupo familiar primario,
grupos secundarios, y referentes vinculares más significativos (escala
intersubjetiva)
3) El diagnóstico de las funciones y beneficios secundarios de la droga en la
escala de su entorno socioeconómico comunitario institucional (escala
transubjetiva o escala de los dispositivos sociales de subjetivación)
Partimos del supuesto de que cualquier intervención clínica que se diseñe sobre uno solo de estos campos, desconociendo las variables que se mueven en los dos restantes, condena a dicha acción a un peligroso reduccionismo, que puede llegar a inutilizarla en sus efectos terapéuticos, o incluso generar efectos paradojales.
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dicotómicas y reduccionistas hechas por los medios masivos. Esto nos induce a sacar del foco de indagación y acción ciudadana, los verdaderos “flagelos sociales”: las nuevas pestes y algunas nada nuevas, con las que ya convivíamos antes de la llegada de la pasta base de cocaína y que constituían un “caldo de cultivo social” por demás oportuno para su aparición, y posterior crecimiento exponencial:
- Un millón de pobres en un país con poco más de tres millones de habitantes
- Aparición del hambre y la desnutrición como un nuevo elemento de nuestra cotidianeidad
- Más del 50% de los niños uruguayos naciendo por debajo de la línea de pobreza
- Deterioro sostenido del vínculo laboral llegándose a niveles de desocupación y de sobreexplotación inéditos. Aun en esas condiciones, los niveles de violencia social y de cosificación que padecen los jóvenes que aún no entraron al sistema laboral, (que sigue siendo el principal pasaporte de ingreso al sistema social) o los adultos mayores que ya fueron expulsados del mismo, son mucho más intensos.
- Descrédito generalizado en el sistema político como generador de “utopías creíbles” que sostengan proyectos colectivos.
- Lentitud e inoperancia del sistema educativo y el sistema sanitario para responder al vertiginoso deterioro social.
- Crecimiento exponencial de la exclusión y el desamparo social. • Radicalización de las diferencias en las lógicas de funcionamiento y contención social, entre el sistema institucional público y el privado.
Como decíamos antes, con la ayuda de la pasta base de cocaína estamos viendo resurgir en el imaginario social uruguayo, la teoría del flagelo social, la teoría de la peste. Teorías que lamentablemente generan efectos muy prácticos y muy reales. Todos los días en los medios masivos oímos hablar del flagelo de la pasta base de cocaína, como si esta sustancia fuera un agente patógeno tan poderoso, que es capaz por si mismo de contaminar y amenazar seriamente la salud de un “cuerpo social”, (no nos olvidemos que todo flagelo actúa sobre un cuerpo) totalmente sano y rozagante, con sus tejidos, células, y sistema inmunitario intacto antes de su llegada.
Como toda teoría, la teoría del flagelo funciona en nuestra subjetividad como una “MATRIZ DE LECTURA DE LA REALIDAD”, por lo que también contribuye peligrosamente a la “construcción de ciertas realidades”, por ejemplo:
- Curiosamente esta teoría tan simple olvida, (y nos induce a olvidar) que nuestro “cuerpo social” no derochaba salud a su llegada, como veíamos, contribuyendo de esta forma a “invisibilizar” las circunstancias socio-históricas sobre las que emerge, y con las que interactúa el consumo de pasta base de cocaína
- Obviamente es muy difícil problematizar, y por lo tanto actuar, sobre lo que no vemos, sobre lo que queda invisibilizado. El viejo truco de la
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“naturalización” es bastante simple: lo “invisible”, se mantiene como “impensable”, lo “impensable”, se mantiene como “impracticable”, y lo “impracticable”, se mantiene como “incambiable”.
- Es un truco de magia socialmente muy económico: no hay que gastar en represión. Simplemente alcanza con modificar nuestra percepción de la realidad, para que ciertas realidades no cambien.
- Si bien la teoría de la peste denuncia claramente dónde está el problema, cuál es el flagelo: “la bacteria asesina es la PBC” en el mismo proceso sugiere posibles soluciones, o peor aún, “la solución final” al problema. Recordemos al respecto la irrupción en los medios de madres desesperadas, que veían por momentos como única solución al problema de sus hijos con la droga, el matarlos. En esos días la profecía se hizo realidad, en un sonado caso, donde un padre desesperado mata a su hijo. Aún en sus formas menos terribles, menos extremas, las soluciones que sugiere la teoría, tienen como denominador común el aislamiento y la discriminación: desde seguir “ampliando” las cárceles, hasta la hospitalización de los “infectados”para su completa rehabilitación, y así poder reinsertarlos nuevamente en su medio familiar y social. Este medio familiar y social se mantiene por fuera del campo de análisis e intervención, partiéndose del supuesto de que siempre estuvo sano, y si adolece de algún problema, seguro la pasta base también fue la causante. El flagelo los debe haber contaminado.
- Las “soluciones”, que propone la teoría también giran en torno a otro eje: son soluciones “estándar”, de “confección y no de medida” pues la “enfermedad, la peste, el flagelo” tiene una evolución común, y por lo tanto la masa de enfermos, de infectados, es una masa homogénea, que requiere respuestas sanitarias también homogéneas.
Nosotros preferimos en cambio seguir partiendo del supuesto de que como no hay dos personas iguales, con historias personales, familiares y sociales iguales, el VINCULO que se establece con la droga, y las funciones que esta cumple en la escala personal, familiar y social, son singulares e intransferibles (aún con venenos como la PBC). Por lo anterior, para un eficaz abordaje clínico de ese vínculo siempre singular e intransferible, deberemos diseñar abordajes terapéuticos que respeten esa singularidad.
Desde mucho antes del 2002, cuando el consumo de PBC en el mapa de los consumos en el Uruguay era bastante excepcional, veíamos llegar con frecuencia al hospital muchachos que habían sido compañeros de consumo de otras sustancias, y que al pasarse a la PBC, cada uno generó con ella un vínculo totalmente distinto. Por Ej. Uno podía parar, y volver a la situación anterior, desde la cual observaba con consternación, impotencia y angustia, como su compañero generaba una escalada autodestructiva muy acelerada. Desde nuestro punto de vista esto nunca es producto del azar, ni tampoco de un “gen” que codifique para establecer vínculos más problemáticos, o más sanos con la PBC. Cuando pesquisábamos el MAPA VINCULAR de uno y otro chico, sus
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referentes vinculares históricos, el lugar que le había tocado en suerte en su familia de origen, (si es que la tenía) y en su contexto socio cultural, su nivel socio educativo, su inserción laboral, etc., ahí sí aparecían diferencias sumamente significativas, que luego se reinstalan en las diferencias que aparecen en el vínculo con la sustancia.
Lo primero que tendemos a inferir de estas diferencias, es que la PBC aterrizando en un contexto de gran vulnerabilidad y desamparo institucional como el Uruguay del 2002, constituye una combinación altamente explosiva. En la Inglaterra de la Revolución Industrial había un dicho muy de moda entre los obreros sobreexplotados de las fábricas: “EL ALCOHOL ES EL BOLETO MÁS BARATO PARA ESCAPAR DE MANCHESTER”. Sabemos que la “teoría del flagelo”, promueve un perfil mediático del adicto a la pasta base de cocaína, como el de un joven inadaptado social, delincuente o en vías de serlo, y principal promotor del peligro social y la inseguridad ciudadana, por lo que hay que excluirlo (aún más de lo que ya estaba), o en el mejor de los casos aislarlo todo lo que sea necesario para su readaptación, y reinserción social posterior. Contrariamente a este perfil mediático, nosotros tendemos a pensar que el perfil subjetivo básico del adicto a la pasta base de cocaína en el Uruguay de hoy, sería el de un joven o niño “DEMASIADO OBEDIENTE”. Lejos de ser un inadaptado social, sus conductas serían una forma de sometimiento radical a un sistema social que desde hace más de cuarenta años, pero sobre todo desde la crisis del 2002 les dice por todos los medios a su alcance “VAYANSE, AQUÍ NO HAY LUGAR PARA USTEDES”. Solo unos pocos jóvenes logran articular los recursos personales, familiares y sociales necesarios para revelarse sanamente; para desobedecer este viejo mandato social no escrito, pero que todos respiramos en este país desde hace muchos años. Estos pocos desobedientes, muy ricos en recursos vinculares, son los que logran hacerse un lugar habitable en el sistema social.
La gran mayoría, lamentablemente cumplen el mandato de diferentes maneras (hay muy diversas formas de irse). Muchos miles logran sumar los recursos necesarios como para obedecerlo tomándose un avión con la ilusión de aterrizar en otras realidades sociales más “vivibles”, más hospitalarias.
Finalmente en la base de la pirámide quedan los miles de jóvenes y niños que se van “de a ratos”, de un panorama vincular desolador, con la ayuda de diferentes sustancias que el sistema les provee como ilusorias “mini vacaciones” de una realidad social violentamente excluyente y cosificante.
Estas “agencias de viaje”, son uno de los negocios más lucrativos en el mundo actual, ya sean legales o ilegales, y se adaptan rápidamente a todos los gustos y posibilidades de bolsillo. En las situaciones más extremas, están las personas que deciden irse “para siempre de una sola vez”, o como en el caso de los consumidores cronificados de pasta base de cocaína, sumando muchos “micro suicidios cotidianos” en un proceso autodestructivo radical.
Cuando decíamos al comienzo, que la pasta base de cocaína, sobre todo a partir del 2002, empezó a organizar una suerte de “canibalismo de la pobreza por la pobreza misma”; intentamos sintetizar en esa imagen una serie de procesos
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sociales en los que la pasta base cobró un rol protagónico, y que intentaremos describir someramente:
- Un emergente clínico que constatábamos cotidianamente en nuestra práctica hospitalaria en el entorno del 2002, que considerábamos en aquellos tiempos un promisorio “beneficio secundario” de la crisis; era el fenómeno de la intensificación de los agrupamientos espontáneos. Como reacción defensiva ante la generalización e intensificación de vivencias de inseguridad, incertidumbre, desmoronamiento social de referentes hasta entonces considerados monolíticos; se observaba por doquier la emergencia de agrupamientos nuevos, y la intensificación y enriquecimiento de los vínculos íntersubjetivos en los agrupamientos ya existentes.
- Dentro de esta lógica, veíamos como muchas familias que atendíamos en aquellos años, “mutaban” rápidamente de su función social predominante hasta entonces de “UNIDADES DE CONSUMO”, conformadas por individuos “demasiado individuados”, como consumidores aislados, pasivos, habitando cada uno su “compartimiento estanco” en una grupalidad familiar más virtual que real.
- Observábamos con cierta ilusión en aquel momento como esas formas de vinculación predominantes hasta entonces, parecían mutar hacia otras que reubicaban a muchas familias, no ya como meras “unidades de consumo”, sino más bien como “unidades productivas”, o empleando un término mixto muy utilizado en aquellos tiempos en las redes de trueque que proliferaban por entonces: “unidades prosumidoras” amalgamando la producción y el consumo.
- En aquellas familias a través de nuevos dispositivos de subsistencia frente a la crisis, como las huertas familiares, el trueque, y otras “microempresas” familiares como gallineros, conejeras, cooperativas de consumo, etc., veíamos una intensificación de los vínculos intragrupales, así como también el resurgimiento de la figura del “vecino” y de la vecindad por el nivel de intercambio; de trabajo en equipo en régimen de “ayuda mutua”, al que obligaban estas tareas.
- Constatábamos así una interesante paradoja: la “riqueza artificial”, que vivieron sobretodo ciertos sectores sociales en los años anteriores a la crisis del 2002, con un dólar artificialmente “barato”, que disparó un voraz consumismo de artículos importados, y la explosión de nuevas tecnologías comunicativas, como los celulares y la televisión por cable; promovió paradojalmente, una gran “pobreza vincular y comunicativa”, al interno de muchas estructuras familiares. Estas se veían reducidas a intercambios “light” entre consumidores aislados, demasiado ocupados en intentar compensar con objetos, el vacío existencial promovido por el empobrecimiento de sus redes vinculares.
- Una paciente que venía caminando junto a su familia desde un barrio periférico hasta un centro de salud de la ciudad vieja donde trabajábamos en el 2002, resumía muy bien estos procesos en su discurso: “con mi marido siempre fuimos pobres; el es pintor y trabajaba en una empresa.
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Hace tres años perdió el trabajo, y ahora los meses que tiene suerte trabaja cuatro o cinco días. Desde que el quedó desocupado, nos empezamos a dar cuenta que nuestra peor pobreza no la teníamos en los bolsillos sino en la cabeza. Cuando yo compraba un paquete de fideos en el supermercado, era pobre de la cabeza, porque con un kilo de harina, hago fideos para mí y me sobran para cambiar con los vecinos. Cuando compraba verduras y en el fondo de casa no plantaba ni perejil, también era pobre de la cabeza (…) Cuando mi marido trabajaba, nunca pude atender a mis hijos con un dentista, ahora los tres tienen la boca arreglada, y no me costó un peso, porque mi marido le pintó la casa al dentista del barrio, y mis hijos lo ayudaron (…) Los gurises ahora nos ayudan en la quinta y no andan tanto en la calle”.
- Frente a estos fenómenos sociales periféricos de “autoorganización de la pobreza”, en dispositivos centrados en vinculaciones íntersubjetivas fuertes, en regímenes de “ayuda mutua”; que parecían encarnar la sugerencia artiguista de “nada debemos esperar sino de nosotros mismos”; surgía desde el mismo centro del aparato estatal de aquellos tiempos un contramodelo sumiso, acrítico y dependiente. El mensaje mediático que recibíamos todos los días era exactamente el contrario: “nada podemos esperar de nosotros mismos”. La única esperanza es que venga la ayuda de afuera (llámese FMI BID u otra institución financiera), ya que es la “única solución”. La alternativa era el caos, que tomaba la forma imaginaria del “malón” constituido por los “bárbaros”. Habitantes de los márgenes de pobreza y exclusión, que tomarían por asalto “si se organizaban”, el centro civilizado, y arrasarían todo a su paso.
- Este contramodelo de dependencia, que partía del “centro y de arriba”, lamentablemente se reproducía muy rápidamente “abajo y en la periferia”, en la pobreza extrema, que en lugar de autoorganizarse, se naturalizaba. Como en la trágica situación de los padres, que en los fines de semana cuando no había posibilidad de hacer las largas colas para esperar pasivamente un plato de comida, les daban pasto a sus hijos hambrientos como única salida.
- En este “caldo de cultivo social”, vimos crecer exponencialmente la distribución y consumo de pasta base de cocaína. Las incipientes y prometedoras redes de trueque y ayuda mutua que venían creciendo tímidamente, fueron progresivamente colonizadas y desactivadas por nuevas redes de distribución, comercialización y consumo de pasta base.
- Hoy es común ver asentamientos constituídos por doscientas cincuenta o trescientas personas en los que funcionan cuatro o cinco “bocas” de venta. Obviamente estas “bocas” pasaron a constituirse en el eje de subsistencia básico, sobre el cual se organiza la vida cotidiana de esos núcleos poblacionales. Esas bocas llenan muchas “bocas y estómagos”, a través de una sofisticada red de intercambios, de “nuevos sistemas de trueque” en los cuales la pasta base es el lubricante esencial de toda la maquinaria: una radio robada se canjea por “x cantidad de papeletas”, una campera robada por otras tantas, etc. Nuevas microempresas en las que participa
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muchísima gente, sustituyen a las anteriores: micro-reducidores y “lavadores” de pequeñas sumas de dinero, que van “sumando” grandes ganancias para los traficantes que están en el vértice de esta pirámide, conformada en su base por esta guerra de pobres contra pobres, organizada por estas nuevas redes, no ya de “ayuda mutua” sino de “destrucción mutua” en una cruel autofagocitocis de la pobreza. Pirámide perversa que está sostenida básicamente sobre el cuerpo de los muchos miles de consumidores que literalmente se “autoconsumen” como motor fundamental de esa maquinaria absurda que lamentablemente aún sigue funcionando, y que con la “teoría del flagelo”, seguramente no lograremos desactivar.
“No eternicemos en la naturaleza el producto de la historia”
- Marx
- HACIA UNA HISTORIZACIÓN DE NUESTRAS PROPUESTAS CLÍNICAS, EN LA ERA DEL FETICHISMO GENERALIZADO.
En la escala más específica de la clínica de las adicciones, pensamos que todas las instituciones que pretenden instalarse en algún punto de la famosísima y muy mediática y marketinera GUERRA CONTRA LA DROGA, (guerra que sería una variante de la teoría del flagelo) aunque se ubiquen con muy buenas intenciones en ese escenario bélico, lejos de contribuir al debilitamiento de su enemigo manifiesto: “la droga”; terminan potenciando paradojalmente la mistificación y fetichización de los “poderes de las sustancias”, funcionando como sus principales promotores sociales.
Plantear así la guerra, dibujar así el conflicto, como “guerra contra la droga” es la forma más segura de garantizar que se siga perdiendo crónicamente. Incluso podríamos pensar que es una guerra diseñada para ser perdida, pues de la derrota se nutren inmediatamente estas instituciones “adictas”, que extraen de la misma poderosos beneficios secundarios. Si esta guerra mágicamente se ganara, buena parte de nuestra maquinaria socio-institucional actual, buena parte del “mundo conocido” por nosotros, tal cual está estructurado, colapsaría como efecto de un devastador SINDROME DE ABSTINENCIA A ESCALA PLANETARIA. Empezando por el sistema financiero internacional, que se vería privado de golpe de su empresa más exitosa, y de sus objetos más lucrativos.
Las mismas instituciones que explícitamente luchan “contra las drogas” funcionan socialmente como sus principales aliadas, al otorgar en sus discursos institucionales, un protagonismo y un poder a las “sustancias enemigas”, que nunca merecieron transformándolas en verdaderos hiperobjetos fetichizados y “socioactivados”.
Estos discursos institucionales que “publicitan”así estos hiperobjetos, agregándole “plusvalía social”, construyen al mismo tiempo, como contrapartida vincular, subjetividades cronificadas como dependientes, frágiles, minusválidas, que en el mejor de los casos podrán aspirar en su rehabilitación a desplazar su
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“adicción enferma” desde estos hiperobjetos droga, a otras “sustancias buenas” (léase psicofármacos) o a la propia institución, a la que deberán seguir ligadas de por vida, en su condición de “ex adictos”, con el valor agregado de lo “vivencial testimonial” como poderosa herramienta de marketing para la propia institución, que así verá siempre renovada la producción de demanda y la reacción en cadena. Como alternativa nos proponemos el desafío de una clínica de los vínculos adictivos interdisciplinaria, y que se plantee como uno de sus objetivos primarios el análisis permanente de la IMPLICACIÓN de sus diferentes saberes disciplinarios, de sus teorías y sus prácticas, en el campo social en el que se inscriben. Esto nos obliga entonces a una evaluación permanente, por parte del equipo de trabajo, de las funciones sociales que pasan a cumplir sus propuestas teórico-prácticas, para discernir si estas funciones sociales son coincidentes o no con las finalidades explícitas del equipo. En la medida que se constaten divergencias notorias, habrá que cambiar inmediatamente las estrategias de abordaje de la problemática.
Desde esta concepción clínica, la guerra ya no sería contra la droga, sino que el objetivo estratégico serían los VÍNCULOS tóxicos, alienantes, indiscriminados, simbiotizantes, que podemos establecer con sustancias, pero también con ideologías, con teorías, con la comida, con el juego o cualquier otra oferta tentadora que nuestra cultura nos haga. En esos vínculos, buscaríamos lograr efectos terapéuticos, al analizar los “encuadres internos” que sostienen esos vínculos; todo ese “software” interno que se va instalando como soporte de nuestro psiquismo, al entretejerse nuestra historia personal con la historia social.
En ese sentido pensamos que hoy más que nunca cobra vigencia la vieja advertencia del existencialismo respecto a todas las disciplinas científicas que pretendan operar directamente sobre lo humano: “EL YO ES INDISOCIABLE DE SUS CIRCUNSTANCIAS”. Debemos cuidarnos muchísimo entonces de cualquier diagnóstico que pretenda evaluar un “YO” sin pensar en la vinculación de ese “YO” con las circunstancias socio-históricas que lo encuadran. La existencia humana aparecería como la figura visible de un proceso dialéctico permanente, en el cual el yo es “formateado” permanentemente por los códigos, las normas, las ideologías, su inserción de clase; en definitiva: los encuadres prevalentes de funcionamiento social del mundo en el que le toca en suerte aterrizar. A su vez el yo no funciona simplemente como arcilla pasiva modelada por su entorno, sino que es capaz también de incidir en él, y modificarse a si mismo modificando sus circunstancias, en una dialéctica permanente entre procesos de “construcción histórica de la subjetividad” y “construcción subjetiva de la historia”.
La discriminación “yo-circunstancias” puede promover la engañosa idea de una frontera clara entre ambos términos. Entre el “adentro” de mi yo y el “afuera” de mis circunstancias socio-históricas. Esa frontera, que de clara y discriminada tiene muy poco, constituye para nosotros la noción de VÍNCULO, que es nuestra herramienta básica para la construcción de una clínica historizada e implicada. Desde esta perspectiva, ante la pregunta ¿qué vincula el vínculo para nosotros?, diríamos provisoriamente: un “interior” y un “exterior” entre muchas comillas.
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Como una persona se vincula con su entorno, como opera en él, en definitiva: como administra su alteridad, es en buena medida el efecto de cómo su entorno, su alteridad, ha operado en él, como su contexto socio-histórico ha “formateado” su interior, su psiquismo, y su cuerpo en su proceso de socialización.
Por lo anterior, consideramos que cualquier avance teórico-técnico en sicopatología, biopatología o sociopatías, debería enmarcarse en un campo de análisis vincular, en una VINCULOPATÍA, donde esos tres niveles de la condición humana, se mantienen totalmente integrados, permitiéndonos de ese modo ser más fieles al viejo postulado de que lo humano constituye una unidad biopsicosocial indisoluble.
Miguel Ángel Silva Cancela
-Licenciado en Psicología
-Psicólogo Social Clínico especializado en grupos, familias e instituciones. -Coordinador responsable del Área de Familia del Policlínico de Fármacodependencia del Hospital Maciel ( 1989 a 2005)
-Supervisor del Equipo Técnico del “Centro de Información y Referencia Nacional de la Red Drogas”: Portal Amarillo.