INTERVENCIONES TERAPEUTICAS EN LA ERA DEL VACIO

 

Lic. Miguel A. Silva Cancela

Noviembre de 1992

Montevideo – Uruguay

 

INTERVENCIONES TERAPEUTICAS EN LA ERA DEL VACIO

 

«Todas las cosas tienen veneno, y no hay nada que no lo tenga.

Solamente depende de la dosis que el veneno sea veneno o no»

                                                   Paracelso                                                                                             

 

«Las cosas tienen fuerza, cuando en ellas están alienadas las fuerzas de los hombres»

    José Bleger

 

RESUMEN:

Desde la perspectiva de la Concepción Operativa de Grupos, se intenta una mirada contextual para ubicar las intervenciones psicoterapéuticas en la temática de las adicciones.

 

Se remarca la importancia de explicitar nuestros marcos referenciales junto a la descripción de los dispositivos clínicos que utilicemos, en el entendido de que toda intervención terapéutica está necesariamente implicada en una trama de poderes y estrategias sociales que atraviesan permanentemente nuestras prácticas.

 

Se priorizan las estrategias de inserción en equipos interdisciplinarios, como marco privilegiado  para enfrentar el riesgo de los dogmatismos  y reduccionismos disciplinarios, y poder problematizar nuestra implicación.

 

Finalmente, se describe un dispositivo clínico de intervenciones terapéuticas familiares, utilizado con familias de consumidores habituales y adictos entre 1990 y 2005, inserto en la Policlínica de Farmacodependencia del Hospital Maciel . (Centro de Referencia Nacional ,a nivel público, para el abordaje de las adicciones en ese período.)

 

  INTERVENCIONES TERAPEUTICAS EN LA ERA DEL VACIO

INTRODUCCION:

La intención de esta comunicación es compartir con ustedes algunos cuestionamientos en torno a la inclusión de nuestras intervenciones terapéuticas en el particular contexto socio – histórico en el que vivimos, caracterizados por algunos autores como postmodernismo, e intentar bosquejar brevemente, algunos de los múltiples atravesamientos de ese contexto que se hace texto permanentemente en nuestras prácticas, referidas a un objeto tan incierto, tan ideologizado, tan” indisciplinado”(en la medida en que sigue resistiéndose afortunadamente a toda captura disciplinaria  reduccionista) como es la problemática de las drogas en nuestra cultura.

 

Asimismo creemos pertinente plantearles algunos elementos básicos del marco conceptual  referencial que venimos utilizando para posicionarnos en el campo clínico de las adicciones, a los efectos de llegar finalmente a la descripción de un dispositivo clínico de asistencia a familias de adictos que coordinamos entre l990 y 2005, inserto en el policlínico de farmacodependencia del hospital Maciel.

 

El recorrido que pretendemos en esta comunicación, lo podríamos intentar esquematizar de la siguiente forma: 

 

  1. – Mirada contextual
  2. – Marco referencial (teórico conceptual, ideológico, epistemológico y ético)

3 – Dispositivos de intervención (todas nuestras baterías tecnológicas de trabajo concreto en psicología  y su articulación en dispositivos clínicos)

 

Consideramos justificado este derrotero, (del que simplemente puntearemos algunos titulares  por las limitaciones de extensión de este trabajo) pues pensamos que en los últimos tiempos, (definidos  por algunos como la era del Capitalismo Mundial Integrado) vivimos lo que podríamos denominar él Reinado de la Tecnociencia; cuya última brújula termina siendo las fluctuaciones del mercado, las lógicas del lucro, o de la oferta y la demanda en términos de marketing.

 

Quedamos tan seducidos y maravillados ante esta invasión de Tecnologías de escaparate, de Shopping Center, y las posibilidades que nos brindan de transformar el mundo, que muchas veces nos olvidamos  de formular preguntas tan obvias como:  ¿Por qué transformarlo? ,o ¿para qué hacerlo?, o ¿qué niveles de impacto y mutación en nuestra cultura estamos generando, y al servicio de qué intereses y valores opera tal  afán intervencionista.

 

Tomemos por ejemplo el caso de la manipulación genética, de las técnicas de transplantes de embriones, la clonación, etc. (que sí bien provienen de otras disciplinas científicas, abren un sin número de interrogantes en el campo de la Salud Mental).  Si un óvulo fecundado puede ser implantado- cómo ya ha sucedido – en el vientre de la madre de la mujer que género ese óvulo: ¿qué efectos produce esto en la trama familiar y en la subjetividad de sus integrantes? ¿Qué pasará con esta abuela madre, este nieto hijo, con esta madre hermana, con este yerno padre, etc. ¿Y que pasa finalmente con toda la trama social, con la sociedad que tiene que metabolizar este tipo de invenciones?

 

La Tecnociencia es una poderosísima  Máquina ciega, al decir de E. Morin, y yo me atrevería  a agregar: Ciega y Tonta, si no intentamos darle cierta direccionalidad del punto de vista epistemológico, ideológico, y en última instancia ético.

 

En nuestro campo de trabajo más cercano, también constatamos cotidianamente la acción de nuevas armas tecnológicas con gran poder de modificación de conductas (pensemos por ejemplo en las Comunidades terapéuticas, con todo su arsenal metodológico, o ciertos  manuales y recetarios terapéuticos, que pueden ser aplicados desde diferentes marcos conceptuales y con los más diversos propósitos.

 

Que quede claro: nuestra intención no es cuestionar el poder, o incluso la validez  de estas herramientas teórico técnicas. Desde nuestro marco referencial, las teorías y técnicas  (como ocurre también con las drogas) no son en si mismas y  apriori   buenas o malas, todo depende del  uso que hagamos de ellas, del vínculo que establezcamos con las mismas, y de los efectos que al utilizarlas busquemos en nuestras prácticas. Por eso pensamos, que antes de jalar del gatillo de tales armas tecnológicas, tenemos que tener respuestas para preguntas tales como: ¿Por qué elijo ese blanco y no otro? ¿Qué efectos, a más largo plazo, estratégicos, estoy buscando? ,Y aún: ¿ Qué Instituciones respaldan, encargan, o inducen ese disparo? ¿ Y con qué fines?.  Si estas respuestas – siempre provisorias – emergen de un grupo, las garantías son mayores, pero nunca absolutas ni definitivas. Nuestra estupidez humana siempre  acecha. 

 

CLINICA E IMPLICACION                                                                                                               

Las teorías y nuestra formación disciplinaria muchas veces funcionan para nosotros como potentes drogas,  mediante las cuales evitamos,  posponemos, o por lo menos amortiguamos, el impacto con hechos clínicos que nos perturban y nos movilizan demasiado.

 

El grado de visibilidad en los dispositivos de control social (con los que nuestras teorías siempre mantienen algún grado de complicidad -querámos o no- y que obliga a un permanente análisis de la implicación) siempre fue directamente proporcional a las potencialidades perturbadoras de los territorios iluminados. Es así como las locuras cobran mayor visibilidad (productora de saber y poder) mientras que lo normal se mantiene en la penumbra. La infancia y la adolescencia (esos territorios a colonizar pedagógicamente en forma urgente) también se estudian más que la edad adulta, o la delincuencia también  es iluminada precozmente por el saber de la frenología o la moderna criminología y otras logias adyacentes, cuando el individuo adaptado y legalista puede permanecer en un oscuro y tranquilo anonimato.

 

Siguiendo este derrotero, tan lúcidamente recorrido por Foucault, es que hoy me parecía pertinente interrogarme junto a ustedes sobre el grado de adscripción, implicación, y sutura de nuestras aproximaciones teóricas y metodológicas, nuestras modalidades de intervención terapéutica, en la temática de las drogas, con estos dispositivos de control y regulación social – siempre movedizos y perfectibles- que en este momento histórico pretenden disciplinar, objetivar el problema de las drogas, intentando capturarlo y congelarlo en un discurso médico, psicológico, jurídico, toxicológico, etc., etc., evitando de esa forma el asumir el compromiso de devolvérselo a la sociedad de la que emerge y a la cual denuncia.

 

Este compromiso no implica eludir el otro más cotidiano y concreto; el que se juega día a día en la escala mas restringida de nuestro consultorio, con las personas que nos consultan.

 

No nos olvidamos que el adicto y su consumo son  emergentes de una determinada constelación vincular familiar que hay que problematizar junto a ellos; pero recordando también  que toda acción clínica, que toda intervención terapéutica, nos guste o no admitirlo también es una acción micropolítica, pues las familias no son islas, siendo la salud-enfermedad de sus integrantes un emergente social.

 

«No se trata de decir con esto que la enfermedad mental no existe, sino que sus diversas modalidades de gestación, presentación y desarrollo, están íntimamente ligadas a las formas, (Históricamente determinadas) que cada comunidad va generando para ubicarla, entenderla y tratarla» (M. Silva, 1989, en «Las drogas en el Uruguay», Pág.96).

 

Desde esta perspectiva si tuviéramos que resumir nuestro marco referencial conceptual en una frase, diríamos que, desde el mismo, lo social histórico no es una realidad externa, sino aquello que constituye nuestra interioridad más íntima, que conforma nuestra subjetividad; aquello con lo que está tramado el mismo inconsciente.

 

Las herramientas de análisis que nos brinda el movimiento institucionalista y la comprensión de los procesos de institucionalización, permiten acercarnos desde otros ángulos a la comprensión y acción sobre lo inconsciente. Si concebimos al sujeto humano como productor y producido históricamente por todas las instituciones que operan en el aùn antes de su nacimiento, podemos incluir en » lo inconciente » toda una serie de efectos de este proceso de producción histórica de la subjetividad, como  por ejemplo: » Las Lógicas prácticas «,» Lo no pensado y actuado » (no en el sentido del acting psicoanalítico como manifestación de retorno de lo reprimido) – en esto no hay nada reprimido – sino la incorporación acrítica de toda una matriz de acciones y códigos inmanentes a un cierto dispositivo, que se interioriza como el sentido del juego  (al decir de P. Bourdieu) a seguir dentro del mismo, y que puede ser muy  ilógico dentro de otro, como en el ejemplo de Tomas Sasz:  dentro de una Iglesia si un sujeto se acerca a otro y al preguntarle qué está haciendo recibe como respuesta: «hablo con Dios» nadie se sorprendería, pero muy otras pueden ser las consecuencias de este diálogo, si  se efectuara entre un policía y un sujeto cualquiera que se encontrara hincado en actitud meditativa en la  vía pública.

 

La incorporación de todo este andamiaje de esquemas instituidos de producción de prácticas ,y de percepción, valoración y atribución de sentido a  esas prácticas, promueve concomitantemente la Producción de sujetos normales, o normalizados a ese Dispositivo institucional,  y que de esa manera se transformarán en los principales garantes de su perennidad; pues todo intento de cambio, toda fuerza instituyente, amenaza la propia estabilidad  psíquica de los sujetos Normalizados en ese dispositivo. 

 

Pensamos que este proceso participa en la génesis de todo dogmatismo, y se constituye en uno de los obstáculos más firmes a la interdisciplina, pues ésta nos obliga violentamente a cuestionar y relativizar toda la batería de categorías de análisis que vamos incorporando en el proceso de formación institucional disciplinaria a nuestra subjetividad. Este proceso «formativo» generalmente nos conduce a confundir la realidad que analizamos, con el dispositivo de análisis que manejamos;-con nuestra singular matriz explicativa disciplinaria-; como en la vieja anécdota del pescador: que iba arrojando su red de diez centímetros de malla (la única red que conocía) e iba construyendo la siguiente hipótesis: » en este río no existen peces menores de diez centímetros «. Como el  pescador, en mayor o menor medida inexorablemente la psicología  tiende a «psicologizar», la medicina a «medicalizar», o la sociología a «sociologizar» las realidades que abordan y construyen en el mismo proceso, haciendo tan difícil como imprescindible la confrontación interdisciplinaria, aunque más no sea para constatar  que existen «otras redes», y «otras realidades», a “capturar-construir”.

 

Otra variable que necesariamente debemos incluir en el campo de análisis sobre nuestras prácticas, (y el trabajo en drogas nos lo recuerda permanentemente) que en este momento histórico, caracterizado por la globalización del mercado, toda  disciplina, toda teoría, toda herramienta teórico-técnica, nos guste o no; pasa ineludiblemente a constituirse en mercancía, inscripta en la lógica social de la oferta y la demanda, en un  mercado de conocimientos y de prácticas, que conoce y utiliza hasta las más sutiles estrategias del marketing.

La Ciencia (las «duras» y las «blandas») y sus verdades,  están indisolublemente ligadas a la trama histórica, al resto de las Instituciones, y al poder. Desde Foucault no podemos olvidar que todo uso de un saber supone inexorablemente el ejercicio de un poder.

 

Bleger nos enseño otra dura lección: las Instituciones no son sólo un instrumento de estructuración, continencia, regulación y control social; pues también en la misma medida estructuran, regulan y controlan nuestro psiquismo. Todo cambio en una institución en la que estamos implicados, toda fuerza instituyente, en mayor o menor medida la sufrimos entonces como una amenaza de desestructuración interna. Hombres alienados en Instituciones alienadas se refuerzan en un circuito muy difícil de romper de resistencias al cambio. Esta perspectiva quizás arroje  cierta luz sobre nuestros propios vínculos adictivos  con nuestros referentes teóricos, con nuestra formación disciplinaria, con nuestras instituciones de referencia y pertenencia, que van estructurando nuestra subjetividad, y que por lo tanto seguramente determinen nuestras tentaciones dogmáticas y reduccionistas.

 

Nuestra formación disciplinaria, nuestros paradigmas, y nuestras  comunidades de interpretación,  constituyen nuestras propias drogas, con las que siempre establecemos una cierta simbiosis, una secreta adicción.

 

Vivimos en un momento histórico en el que uno se puede alienar con cualquier cosa, no sólo con objetos materiales y diferentes sustancias (por  otra  parte nuestra profesión nos recuerda que los seres humanos no nos vinculamos con «cosas, sustancias u objetos «, sino con discursos socialmente construidos sobre los mismos). Desde esta perspectiva, no hay nada  en el «mundo humano» que no pueda llegar a ser   psicoactivo, o psicotropico: desde la heroína hasta un Mercedes Benz, o un simple guisado de lentejas. Uno se puede alienar y hacer un uso alienante, hasta de la mejor teoría sobre la alienación.

 

La confrontación interdisciplinaria en los tiempos que corren, no es una opción epistemológica;  sino en última instancia un imperativo ético, para intentar conjurar, (siempre provisoriamente, pues la interdisciplina es una gran utopía), los riesgos de estos efectos de reduccionismo  y de dogmatismo. La Interdisciplina no implica una pérdida de especificidad   disciplinaria,  sino un enriquecimiento de la misma. Esta confrontación interdisciplinaria, de la que nunca saldremos indemnes, (pues nos posibilita acceder como ningún otro ámbito a nuestra implicación)  nos obliga a procesar duelos, y a tolerar muchos saltos al vacío, producto del ineludible efecto de desrealización, que supone el «desestructurar para reestructurar» nuestros referentes previos, nuestras matrices institucionales de lectura y producción de la realidad, internalizadas en nuestro proceso de socialización y formación disciplinaria. Este  proceso personal, del que – si lo sobrevivimos – generará múltiples Efectos terapéuticos  en nosotros, podríamos homologarlo con un Síndrome de abstinencia, generando síntomas muy parecidos en los integrantes de un equipo. Estos Síndromes de abstinencia disciplinarios que deberemos tolerar serán peajes imprescindibles, y muy enriquecedores, en  el   tránsito utópico hacia la interdisciplina. La Transdisciplinariedad que va surgiendo como producto de esta confrontación- siempre violenta y difícil de tolerar- hace emerger de este proceso, nuevas articulaciones interdisciplinarias y la potenciación de la Transversalidad disciplinaria.                                                                   

                     

DROGAS Y SOCIEDAD: FIGURA Y FONDO

Intentaremos puntear simplemente, a modo de grandes titulares, alguno de los elementos de nuestro sistema social que se articularían con la emergencia del  uso indebido de drogas como un particular síntoma del malestar en nuestra cultura.

 

Para entender este tan peculiar síntoma que emerge en un sujeto, no podemos referirlo exclusivamente a una particular estructuración psíquica individual, ni tampoco a una trama vincular familiar específica, que lo reduzca a una serie de intercambios afectivos, comunicacionales o  imaginarios fallidos, o disfuncionales, generados en su familia.

 

Para dar sentido a este síntoma , debemos incluir necesariamente una mirada ecológica, y así podremos ver que ese síntoma también hunde sus raíces en nuestra organización social actual, y se nutre y crece a expensas de muchas de sus contradicciones y perversas reglas de juego.

 

Por lo anterior, querría seguir con ustedes en este tramo, el camino inverso al habitualmente transitado:  en lugar de empezar por la economía subjetiva (la economía afectiva, libidinal, fantasmática, del sujeto que consume o de la familia que produce adictos) vamos a empezar por la economía objetiva, (que rige la producción, distribución y consumo de materialidades), planteando como la droga también es un síntoma de nuestra «era del capitalismo mundial integrado»; intentando denunciar en ese recorrido , lo artificioso de la discriminación clara entre esas dos economías: de lo «objetivo» y lo «subjetivo», de lo «exterior» y lo «interior», pues el «afuera» se hace «adentro», en una permanente e ineludible transversalidad entre subjetividad y cultura.

 

En ese sentido, hablar de droga es también y fundamentalmente, hablar de dinero (que es un elemento por demás » adictivo » en nuestro actual momento histórico). La droga es el objeto top del capitalismo, pues encarna como ningún otro el ideal capitalista: ningún otro objeto en nuestra cultura puede portar su valor agregado y acercarse a su potencialidad de lucro: dos kilos y medio de pasta de coca valen unos seiscientos dólares. Sumándole un sencillo proceso de refinamiento se transforman en un kilo de cocaína, que ya vale seis mil dólares. Ese kilo de cocaína en destino vale entre diez y quince mil dólares, y sumándole los «cortes» y «estiramientos» de la red de distribución, y vendida al menudeo, puede llegar a valer entre trescientos mil y seiscientos mil dólares.

 

Tenemos que tener muy presente también que estamos ante la industria que genera los mayores ingresos del planeta,(estudios de la ONU dan cuenta que mueven capitales estimados en seiscientos mil millones de dólares- sólo las drogas ilegales – pensemos que a esto le tenemos que sumar las ganancias de las transnacionales del medicamento, alcohol, cigarros, etc.)

 

Con relación a lo anterior, vemos respecto a las drogas un enorme fetichismo de las sustancias: la lucha contra las drogas se mide en general en términos de kilogramos de «sustancias incautadas» – ahí está el mal -, pero generalmente no se es tan escrupuloso con el recorrido del dinero, de los «narcodólares», pues denunciar y frenar los complejos mecanismos del «blanqueo», significaría mover los cimientos del sistema financiero internacional.

 

A pesar de los incesantes esfuerzos – ya reseñados – de nuestra cultura  por capturar el «problema de las drogas» en un discurso médico, psicológico, psiquiátrico, toxicológico o jurídico, vemos como el asunto de la droga es indisociable de la problematización de cuestiones como:  La eficiencia, la razón, el progreso, la productividad, el trabajo, el ahorro, la familia, el futuro, etc., es decir; de una constelación de instituidos enlazados a los grandes pilares imaginarios que han servido de soportes y articuladores tradicionales de los dispositivos institucionales de subjetivación básicos de nuestra cultura occidental.

 

La dimensión actual del problema de las drogas revela y denuncia la profunda erosión de esos viejos pilares ideológicos, la urgente necesidad de revisar los fundamentos mismos de nuestro sistema social, y la imposibilidad de abordar tal problemática desde una perspectiva que no sea la interdisciplinaria.

 

El adicto funciona, para el hombre occidental medio, normal, y legalista, como un espejo deformado que le devuelve su propia imagen desfigurada. Por temor a esa siniestra proximidad es que prefiere verlo como un ser por completo extraño, ajeno totalmente a sus valores e intereses, un inadaptado radical a la sociedad que él integra pacíficamente.

 

Aunque no nos guste reconocerlo, su compulsión se nutre de nuestros más queridos patrones culturales, frente a los cuales no actúa como un inadaptado, – todo lo contrario – más bien podríamos pensar que su conducta es una extraña forma de hiperadaptación  a los paradigmas ideológicos rectores de nuestra cultura.

 

El adicto y su consumo interpelan violentamente nuestras concepciones y valores, nuestros procesos  de producción, acumulación y consumo; y aún nuestras más «inocentes» rutinas y hábitos cotidianos.

 

Cuanto más nos esforzamos en alejarlo de nosotros como un extraño, más familiarmente siniestra nos resulta su imagen.

 

Quizás por esto generan tanto rechazo y aversión como fascinación y envidia solapada, estos extraños seres que osan cotidianamente ir mucho más lejos que nosotros mismos por nuestros propios senderos, estos hermanos que nos aventajan en el uso y abuso de rituales que compartimos.

 

Nuestro consumismo desenfrenado – motor fundamental para el funcionamiento de nuestra actual maquinaria social – halla en ellos una expresión aún más acabada. Están aún mejor adoctrinados que nosotros en la creencia ,(esencial para el mantenimiento de nuestro sistema productivo actual) de que su ser contiene una suerte de  falla originaria, una brecha, un vacío, un agujero, (el » ser de la falta «) que sólo puede ser colmado desde fuera – y siempre momentáneamente – por un objeto creado por el sistema para esos fines. Fusión momentánea y siempre insuficiente – alienación consumista  perfecta – en un objeto que promete y sabe prometer siempre más.

 

La emergencia de la subjetividad de cada ser humano en este momento histórico, está cada vez más sobredeterminada por esquemas de desarrollo personal estandarizados, que tienden fundamentalmente a la productividad, eficiencia, y el exitismo (siendo un parámetro fundamental para medir el éxito y el estatus obtenido la capacidad de consumo, la posibilidad de poseer ciertos objetos que se transforman en fetiches al condensarse en ellos (siempre momentáneamente : “fetichismo hiperveloz de la era del zapping”) parte de la energía retirada de las viejas fuentes  de la singularidad humana:  de la anterior  cogestión  de  la subjetividad, a través de las redes vinculares con nuestros congéneres, que funcionaban como matrices identificatorias y de interdependencia recíproca.

 

El hombre paulatinamente se ha visto atrapado en sus propias cadenas de montaje de objetos estandarizados, pasando a ser él mismo un producto más de esa cadena, en un proceso de heterogestión cada  vez más violenta de su subjetividad. Una sociedad que construye robots cada vez más parecidos a  los hombres, inexorablemente genera hombres cada vez más parecidos a los robots.

 

      Al igual que los ingenieros en genética seleccionan una sola variedad o especie para exigirle el máximo rendimiento, también se ha dado un proceso paralelo de homogeneización  del hombre en la familia, escuela, y fábrica a pesar de que todos conocemos los riesgos del monocultivo.

 

     A diferencia de las mal llamadas sociedades primitivas, en las  que el uso ritual de psicoactivos  está muy bien articulado a distintas prácticas culturales  donde la droga ocupa un lugar preciso de mediador entre el hombre y la naturaleza o Dios, favoreciendo la perpetuación de diferentes sistemas simbólicos de tipo ético- religioso, básicos para el mantenimiento del grupo, y constituyéndose por tanto en garante del sostén de su sistema social, en occidente en cambio, el fenómeno de las adicciones parecería emerger como una amenazadora mutación, producto de las propias condiciones estructurales del sistema y de sus modelos de desarrollo.

 

No deja de encerrar una dura lección la triste paradoja de que una sociedad que se funda sobre la búsqueda incesante de ganancias económicas y que ubica al lucro en el polo del deseo, se vea seriamente amenazada justamente por su empresa más exitosa y por sus objetos más lucrativos.

 

DESCRIPCION DEL DISPOSITIVO ASISTENCIAL

Intentaremos delinear la modalidad general de abordaje a familias de consumidores habituales y adictos que hemos utilizado entre 1990 y 2005 en el Área de Familia del Policlínico de Farmacodependencia del Hospital Maciel.

 

a)- La pensamos como una estrategia y no como un programa.

 

Los programas son proyecciones abstractas y mecanicistas que en general los acontecimientos desbaratan, o en el peor de los casos terminan programando los acontecimientos. La estrategia en cambio, es un escenario de acción que puede modificarse en función de las informaciones  y de los azares que sobrevengan en el curso de la experiencia. Es el desafío de trabajar con cierta tensión de incertidumbre.

  b)- La concebimos como una investigación-acción, acotada en tiempo y objetivos, que incluye el diagnóstico y la intervención sobre ciertas zonas de problematicidad, previamente delimitadas en forma genérica, y a las que se intentará acceder en su singularidad con cada familia.

    

  c)- Se trabaja de ocho a diez sesiones de una hora y media, con un ritmo semanal y en algunas ocasiones quincenal.

   

   d)- Las zonas de problematicidad, las conceptualizamos como áreas de particular conflictividad en estas familias, y se les adjudica un carácter virtual, hipotético, a evaluar en el recorrido con cada familia y que oficiarían como marcas de referencia en el mismo, para la investigación-acción. No desconocemos que estos referentes previos, hacia los que pretenderemos aproximarnos con la familia, otorgan directividad  a la tarea, pero lo que particularmente nos interesa como objeto de indagación y acción, es la particular e intransferible conformación que cada familia les da y su modalidad singular de transitar por ellas.

     

e)- Estas zonas de problematicidad fueron inferidas principalmente del trabajo clínico con consumidores habituales y adictos, bajo la modalidad de psicoterapia individual con objetivos limitados.

Dada la recurrencia de ciertos tópicos observados en estos trabajos individuales se pensó , (a modo de hipótesis a investigar) que éstos no respondían solamente a la particular estructuración psíquica individual de los consultantes, sino que oficiaban como emergentes de una peculiar constelación vincular familiar, que induciría muchos de los efectos evaluados en una primera instancia como patología individual, en una perspectiva que hoy no dudamos en considerar peligrosamente reduccionista.

     Siguiendo con esta línea de pensamiento, incluimos estos tópicos como zonas de particular conflictividad a diagnosticar y trabajar sobre ellas en intervenciones familiares pautadas.

 

     f)- Intentaré describir lo más sintéticamente posible cinco de estas zonas de problematicidad utilizadas:

 

  1. La predominancia de vínculos con características fusionales y simbiotizantes por sobre los vínculos discriminados.

 

  1. En consonancia con lo anterior, la gran dificultad en la puesta y mantenimiento de límites que contengan adecuadamente la irrupción incontrolada y no mediatizada de lo pulsional, y que favorezcan la discriminación y consolidación de espacios propios, de roles diferenciados, el reconocimiento mutuo y el intercambio.

 

  1. La importancia de indagar lo genealógico, donde en general aparecen los abuelos como figuras de mucha relevancia, frecuentemente idealizadas y manteniendo un estricto control sobre la vida de sus hijos, aún a distancia. Es frecuente observar como el consumo es detonado por la muerte de un abuelo al generar un gran desequilibrio en la dinámica familiar. En estos casos, generalmente el adicto es usado para mantener latente este nivel de conflictividad, que asume muchas veces el carácter de una importante crisis existencial en sus progenitores, que él ayuda a mantener larvada y sin resolver. Aclaramos que al sugerir  la importancia de explorar lo genealógico lo planteamos en un doble sentido: 

 

  1. siguiendo la acepción tradicional del término: genealogía en el sentido transgeneracional arborescente, partiendo de la hipótesis de que se necesitan como mínimo tres generaciones para producir un adicto.
  2.  Genealogía tomada en un sentido rizomático que se superpondría al árbol genealógico complejizándolo, mostrando su permanente porosidad con el contexto socio-histórico y la necesidad de sostener una cierta tensión de incertidumbre para su análisis.

 

      4)- La necesidad de generar lo que denominamos el síndrome de abstinencia familiar, y evaluar como la familia lo tolera. La noción de síndrome de abstinencia familiar parte de la observación de la importancia que el adicto y su consumo adquieren para la dinámica familiar. La familia no puede quitar los ojos de él, induciéndonos a que hagamos lo mismo.

 

Aparentemente el adicto es la única fuente de perturbación, cuando en realidad funciona como un hábil prestidigitador, que concita la atención de la familia en un punto, cuando la acción transcurre por otro.

 

Su familia se va haciendo adicta a este truco de magia, que le sirve para ocultar otras importantes fuentes de tensión y desequilibrio (muchas veces conectadas a duelos enquistados sin procesar, graves desavenencias conyugales en la pareja de sus progenitores, incomunicación, violencia, o situaciones de inminente ruptura matrimonial). Cuando esos niveles de tensión aumentan amenazadoramente, la familia recurre inconcientemente al adicto como a un tranquilizante, drogándose con él, y postergando así el enfrentamiento con sus conflictos. En este sentido es que se intentará descentrar en determinado tramo de la intervención al adicto  de ese rol prescripto y asumido por él, para indagar como esto es tolerado por la familia, generándose un particular síndrome de abstinencia familiar en el que trataremos de operar sobre los niveles de estereotipia que se observen, el interjuego de roles y su movilidad o rigidización, la redistribución de las depositaciones, etc., que nos darán valiosos datos para configurar un pronóstico tentativo.

 

     5)- Exploración del imaginario familiar, con especial énfasis en los mitos familiares, y dentro de ellos evaluar el rol que le compete al adicto.

 

Entendiendo a la familia como una institución, concebimos sus mitos como uno de sus instituidos fundamentales a develar, pues funcionarían como poderosos sistemas de intelección y atribución de sentido, participando en la dirección de las conductas, en las inversiones  libidinales, así como en el control y la penalización de las desviaciones.

 

El  grupo familiar configuraría sus mitos tomando como fuentes los mitos aportados por los grupos de origen de los progenitores, con los que siempre tienen  importantes conexiones.

 

Estas podrían sondearse analizando el cómo y el por qué de su emparejamiento. Cada integrante de la pareja va al encuentro del otro con su libreto imaginario, configurado fundamentalmente en su familia de origen, donde ya hay un lugar asignado para sí mismo, para el otro, y aún para los que vendrán. Que se consolide o no el emparejamiento, dependerá  básicamente de la posibilidad de correlacionar ambos libretos, y de que cada uno encarne para el otro los papeles asignados.

 

En esta trama mítica que se va tejiendo desde el inicio de la pareja ,ya hay un lugar y una expectativa de rol asignado a los hijos mucho antes de que éstos nazcan. Buena parte de su desarrollo futuro dependerá de las características del personaje que encarnarán en el libreto imaginario de sus padres, y de sus habilidades para sortearlo, o enriquecerlo y ampliarlo haciendo oír su propia voz.

 

Indudablemente cierta dosis de mitología compartida favorece el agrupamiento, pues organiza toda una serie de pautas, de interacciones que no tienen que ser explicitadas, incorporadas como un cierto sentido del juego que hay que seguir aunque no estén enunciadas sus reglas, (o precisamente por ello) constituyendo una suerte de matriz relacional básica sobre la cual se irán conformando los vínculos intragrupales, y del grupo y sus miembros con el medio social. En este punto creo importante destacar, intentando evitar viejas dicotomías: dentro – fuera;  interno – externo; endogrupo – exogrupo o aún familia – sociedad, que estas formaciones imaginarias, desde su gestación se van nutriendo y modelando de acuerdo al momento social-histórico que permanentemente las transversalizará, al decir de F. Guattari. Lo peligroso surge cuando la zona en que operan estas reglas de juego compartidas es tan amplia y rigurosa, que los mitos adquieren el estatuto de principios incuestionables que se mantienen con absoluta rigidez y violencia, pues el temor es que si se ponen en duda, toda la estructura grupal se derrumba. Los mitos siempre responden dinámicamente a una amenaza latente de descomposición, de violencia, de locura, y de muerte.

 

La fijeza de la conducta del adicto mucho tiene que ver con la rigidez de las expectativas de sus progenitores respecto a su conducta, y a la fantasía inconsciente, (operante en la familia) de que apartarse de ella aparejaría la irrupción del derrumbe, la locura o la muerte en el grupo familiar.

 

A modo de ejemplo recuerdo el caso de una paciente alcohólica, que al ser interrogada por el origen de su nombre me respondió que su madre, cuando estaba embarazada de ella, iba todos los días a rezar a una parroquia por la vida de un hermano de la paciente, que en ese entonces, y durante varios meses estuvo entre la vida y la muerte. Allí  hizo la promesa de que si el hijo que llevaba en su vientre era mujer, le pondría el nombre de la parroquia en la que tanto había rezado por la vida de su hijo moribundo, y que finalmente se salvó.

 

Esta paciente, cercana  a los cuarenta años, se encargó sistemáticamente a lo largo de su vida de boicotear todo intento de separarse de su familia de origen, conformada por su madre y este hermano, frente a los cuales se sentía “muy responsable” y a los que les podía “pasar cualquier cosa”, según sus propias palabras, si ella no los cuidaba y preservaba. El alcohol cumplía en ella por lo menos una doble función: 

 

  1. – era uno de los instrumentos utilizados inconcientemente por ella para sabotear sus relaciones de pareja, y así asegurarse el retorno a su familia de origen para cumplir el mítico mandato de protegerla y salvarla.

 

  1. – en su inserción familiar, le permitía dejar aflorar periódicamente la agresividad que esta expectativa mítica familiar (de ser el talismán contra la muerte en la familia) al servicio de un funcionamiento simbiótico le generaba, y que, de tanto en tanto, en forma de crisis de excitación psicomotriz inducida y debidamente justificada por el alcohol, se permitía liberar como una especie de válvula de escape para que el ciclo nuevamente recomenzara.

 

Para finalizar, quisiera remarcar que la función principal asignada a estas zonas de problematicidad, es servir de referente común, desde el cual guiar nuestras intervenciones terapéuticas familiares acotadas en tiempo y objetivos. Este referente común nos fue particularmente útil, teniendo en cuenta que con los técnicos del Área de Familia del Policlínico de Farmacodependencia del Hospital Maciel, manejábamos diferentes marcos referenciales teórico – técnicos, entre los que se cuentan: la línea sistémica, el psicoanálisis, y la concepción operativa de grupos, lo que no solo no se ha convertido en un obstáculo, sino que por el contrario, reutilizando una imagen ya manejada-  ha favorecido la enriquecedora posibilidad del intercambio de redes en los espacios de interconsulta del equipo.

 

Miguel A. Silva Cancela

 

  • Licenciado en Psicología
  • Psicólogo Social Clínico, especializado en grupos, familias e instituciones
  • Coordinador responsable del Área de Familia del Policlínico de Farmacodependencia del Hospital Maciel (1989-2005)
  • Supervisor del equipo técnico del “Centro de Información y Referencia Nacional de la Red Drogas” (Portal Amarillo)

 

Correo electrónico: misica60@gmail

 

BIBLIOGRAFIA

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