PROFUNDIZANDO UN ENFOQUE DESDE LO VINCULAR
«Las cosas tienen fuerza cuando en ellas están alienadas las fuerzas de los hombres»
J.Bleger
En esta comunicación intentaremos compartir algunos cuestionamientos en torno a la inclusión de nuestras intervenciones en el particular contexto socio-histórico en el que vivimos, caracterizado por algunos autores como sociedad de consumo o capitalismo mundial integrado, e intentar bosquejar algunos de los múltiples atravesamientos de ese contexto que se hace texto permanentemente en nuestras prácticas, referidas a un objeto tan incierto, tan ideologizado, tan indisciplinado (en la medida en que sigue resistiéndose afortunadamente a toda captura disciplinaria reduccionista) como es la problemática de los vínculos adictivos en nuestra cultura.
A pesar de los incesantes esfuerzos de nuestra cultura por capturar el “problema de las drogas” en un discurso médico, psicológico, psiquiátrico, toxicológico o jurídico, vemos como el asunto de la droga es indisociable de la problematización de cuestiones como: la eficiencia, la razón, el progreso, la productividad, el trabajo, el ahorro, la familia, el futuro, el éxito, es decir, de una constelación de instituidos enlazados a los grandes focos simbólicos que han servido de soportes y articuladores tradicionales de nuestra cultura occidental.
La dimensión actual del problema de las drogas revela y denuncia la profunda erosión de esos viejos pilares simbólicos, la urgente necesidad de revisar los fundamentos mismos de nuestro sistema social, y la imposibilidad de abordar tal problemática desde una perspectiva que no sea la interdisciplinaria.
Intentaremos puntear algunos de los elementos de nuestro sistema social que se articularían con la emergencia del uso problemático de drogas como un particular síntoma en nuestra cultura.
Para entender este tan peculiar síntoma que emerge en un sujeto, no podemos referirlo exclusivamente a una particular estructuración psíquica individual, ni tampoco a una trama vincular familiar específica que lo reduzca a una serie de intercambios afectivos, comunicacionales o imaginarios fallidos o disfuncionales generados en su familia.
Para dar sentido a este síntoma debemos incluir, necesariamente una mirada ecológica y así podremos ver que ese síntoma también hunde sus raíces en nuestra organización social actual, y se nutre y crece a expensas de muchas de sus contradicciones y perversas reglas de juego.
Por tanto, la droga aparece también como síntoma de nuestra “era del capitalismo mundial integrado”, siendo artificiosa la discriminación clara entre lo “exterior” y lo “interior”, lo “objetivo”, y lo “subjetivo”, pues el “afuera” se nos hace “adentro” en una permanente e ineludible transversalidad entre subjetividad y cultura.
En el campo de análisis y de intervención clínica de la temática, la “FIGURA”, el foco, suele ser el “proceso” patológico individual o en el mejor de los casos familiar. El “FONDO” en esta guestalt inamovible está conformado en cambio por los “encuadres” institucionales, socio-políticos, que de esta forma quedan naturalizados, invisibilizados y por lo tanto preservados de toda posible acción transformadora.
De esta manera se mantiene vigente, con nuestro auxilio, la vieja disociación entre historia individual e historia social. En la primera se nos permite hurgar a nuestro antojo, o incluso se nos autoriza a pretender en ella modificaciones “estructurales”, pero cuidado con intentar articularla con la segunda.
En esta comunicación les propongo subvertir imaginariamente la relación figura-fondo de esta vieja guestalt en algunos puntos de la problemática que hoy nos convoca.
Vamos a intentar, mantener como figura ciertos encuadres, ciertos instituidos de nuestra vida social que consideramos sumamente iatrogénicos, intentando mantenerlos como objetivo del trabajo.
Para ello empezaremos por dibujar un bosquejo muy elemental de nuestros propios encuadres, de nuestras matrices de lectura básicas (por lo menos de las que tenemos acceso conciente, dado que ineludiblemente hablamos, vemos, oímos, sentimos y pensamos desde nuestra implicación en esos encuadres, en esas matrices de lectura y producción de lo que vivimos como REALIDAD).
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En ese sentido, desde nuestro marco conceptual pensamos que «no hay nada más íntimo que lo público»: nuestras instituciones de pertenencia y referencia (nuestra familia, nuestra clase social, nuestra ideología, nuestra formación disciplinaria, nuestros paradigmas, nuestros sistemas de creencias, etc.) nos habitan, conformando nuestro inconsciente en los niveles más basales, constituyendo los encuadres primarios sobre los que se fundan los procesos psíquicos. Estructuran de esta forma nuestra subjetividad, nuestra identidad y nuestra naturaleza protésica.
No vemos con nuestros ojos u oímos con nuestros oídos. Nuestros sistemas sensoriales nos aportan un material en bruto, que inmediatamente es filtrado, decodificado y procesado por todas estas matrices de significación y lectura institucionales de la realidad, por todo nuestro software socio-histórico inconsciente incorporado en nuestro proceso de socialización.
Estas prótesis socio-institucionales se integran de tal manera a nuestro organismo, a nuestros tejidos, que cualquier cuestionamiento, cualquier movimiento en nuestros paradigmas, en nuestras más queridas y familiares verdades, la vivimos como una terrible amenaza – y efectivamente lo es – de desestructuración psíquica, de des realización y psicotización.
No debemos olvidar que lo social precede genéticamente a lo personal.
Cuando aterrizamos en este mundo ya lo encontramos hecho por otros seres humanos que nos han precedido desde el fondo de la Historia. Esa Historia se ha ido materializando en las instituciones que nos reciben, empezando por el escenario institucional familiar.
No olvidemos que la familia es nuestro grupo primario, pero también una institución fundamental de nuestro sistema social. Esta institución ha venido cumpliendo dos funciones ancestrales esenciales en el desarrollo humano:
- Gestionar los cuidados imprescindibles para mantener la vida del cachorro humano en su período de indefensión, vulnerabilidad, y altísima dependencia del medio exterior, aportando así una matriz vincular primaria respecto a cómo cuidar y ser cuidado.
- Inscribir las matrices institucionales primarias, los guiones institucionales básicos en su psiquismo, en ese período de alta fragilidad, neuroplasticidad y dependencia de su entorno, en lo que se denomina habitualmente proceso de socialización. Estas matrices primarias de significación o guiones institucionales primarios, funcionará como un verdadero software inconsciente que se inscribe como soporte del psiquismo del infante, por naturalización e incorporación acrítica.
El proceso de transmisión e inscripción en el psiquismo del niño de estas matrices de vinculación y significación primaria lo podríamos intentar esquematizar de la siguiente manera: el grupo primario va aportando al infante sus relatos básicos, sus guiones elementales acerca del escenario social que habitan y que ineludiblemente está construido en buena medida por esos guiones. A partir de esta congruencia percibida y confirmada por sus experiencias entre relato y mundo circundante, el niño irá incorporando y naturalizando esas narrativas sintónicas con su mundo.
Se le transfiere así el “guión básico sobre el funcionamiento de su mundo que en buena medida ha funcionado y seguirá funcionando así gracias a la permanencia de ese guión”.
Este inconciente -impensable- se hace conciente-pensable fundamentalmente a través de la naturaleza política del hombre, de su inmanente capacidad instituyente mediante la acción colectiva y su disposición a sostener una interrogación infinita sobre lo social histórico y así problematizar «con otros hombres» en el devenir incesante de la historia, lo anteriormente instituido, naturalizado, aproblematizado.
Esta «tarea imposible» afortunadamente no es disciplinarizable o profesionalizable -es colectiva- corresponde genéricamente al hombre en su condición de animal político y no es expropiable permanentemente por ningún saber específico.
Solo a partir de vínculos significativos entre seres humanos signados por la confianza y el respeto mutuos, se abre un «campo político de intersubjetividad instituyente», donde el mundo interno de cada uno y todos sus códigos, encuadres y matrices incorporadas y naturalizadas, se desnaturalizan poco a poco por acción de ese vínculo, de ese «INTER-SER» subjetivante para los vinculados, que de esa manera por efecto del «otro» y su inquietante, fascinante y perturbadora «otredad» ven las carencias, puntos ciegos y precariedades de su «mismidad» previa.
El adicto funciona, para el hombre occidental medio normal y legalista, como un espejo deformado que le devuelve su propia imagen desfigurada. Por temor a esa siniestra proximidad es que prefiere verlo como un ser por completo extraño, ajeno totalmente a sus valores e intereses, un inadaptado radical a la sociedad que integra pacíficamente.
Aunque no nos guste reconocerlo, su compulsión se nutre de nuestros más queridos patrones culturales, frente a los cuales no actúa como un inadaptado -todo lo contrario- más bien podríamos pensar que su conducta es una extraña forma de hiperadaptación a los paradigmas ideológicos rectores de nuestra cultura.
El adicto y su consumo desenfrenado -motor fundamental para el funcionamiento de nuestra actual maquinara social- halla en ellos una expresión aun más acabada. Están aun mejor adoctrinados que nosotros en la creencia (esencial para el mantenimiento de nuestro sistema), de que su ser contiene una suerte de falla originaria, una brecha, un vacío, un agujero (el “ser de la falta”) que sólo puede ser colmado desde fuera – y siempre momentáneamente- por un objeto creado por el sistema para esos fines. Fusión momentánea y siempre insuficiente -alienación consumista perfecta- en un objeto que promete y sabe prometer siempre más.
La emergencia de la subjetividad de cada ser humano en este momento histórico está cada vez más sobredeterminada por esquemas de desarrollo personal estandarizados, que tienden fundamentalmente a la productividad, eficiencia y exitismo, siendo un parámetro básico para medir el éxito y el status obtenido, la capacidad de consumo.
El hombre paulatinamente se ha visto atrapado en sus propias cadenas de montaje de objetos estandarizados, pasando ser él mismo un producto más de esa cadena.
Una sociedad que construye robots cada vez más parecidos a los hombres, inexorablemente genera hombres cada vez más parecidos a robots.
Desde esta perspectiva debemos mantenernos atentos a los procesos de MISTIFICACIÓN y FETICHIZACIÓN de los poderes de las sustancias. La misma adopta múltiples formas en nuestro sistema social actual, estando paradojalmente sostenida y potenciada por toda la enorme parafernalia de instituciones o medios que inscriben su quehacer en algún punto de la denominada “guerra contra las drogas”.
Plantear así la guerra es la forma más segura de garantizar que se siga perdiendo crónicamente (es una guerra que está diseñada para ser perdida, pues de la derrota se nutren estas instituciones “ADICTAS”, que extraen de la misma poderosos beneficios secundarios).
Las mismas instituciones que explícitamente luchan “contra las drogas”, funcionan implícitamente como sus principales aliados, al otorgar en sus discursos institucionales un protagonismo y un poder a las “sustancias enemigas” que nunca merecieron, transformándolas en verdaderos “hiperobjetos fetichizados”, “socio-activados” (recordemos al respecto la noción de fetiche adoptada por el materialismo histórico: aquel objeto que ha sido capaz de ocultar su proceso social de producción). Los mismos discursos institucionales que contribuyen a la producción social de estos “hiperobjetos”, construyen como contrapartida vincular. Subjetividades cronificadas como minusvalidadas, frágiles, dependientes, que en el mejor de los casos podrán aspirar a “desplazar” su “adicción enferma” desde esos “hiperobjetos droga” a otras “sustancias buenas” o la propia institución, con el valor agregado de lo “vivencial testimonial” para mantener la producción de demanda y la reacción en cadena.
Buscaríamos desencadenar este camino, planteándonos como primer objetivo reposicionar el campo de lucha: en lugar de pelear contra “cosas” o “sustancias toxicas”, adictivas, trataremos de guerrear contra VÍNCULOS tóxicos, alienantes, simbiotizantes, buscando efectos positivos al analizar los “encuadres internos” que sostienen esos vínculos
A diferencia de las mal llamadas sociedades primitivas en las que el uso ritual de psicoactivos está muy bien articulado en distintas prácticas culturales donde las drogas ocupan un lugar preciso de mediador ente el hombre y la naturaleza o Dios, favoreciendo la perpetuación de diferentes sistemas simbólicos de tipo ético-religioso básicos para el mantenimiento del grupo y, constituyéndose por tanto en garante del sostén de su sistema social, en la actualidad en cambio, el tema de las adicciones parecería emerger como una mutación producto de las propias condicione estructurales del sistema y de sus modelos de desarrollo.
No deja de encerrar una dura lección, la triste paradoja de que una sociedad que se funda sobre la búsqueda incesante de ganancias económicas y que ubica al lucro en el polo del deseo, se vea seriamente amenazada justamente por su empresa más exitosa y por sus objetos más lucrativos.
DROGA Y SOCIEDAD DE CONSUMO: FIGURA Y FONDO
Uno de los aspectos que mejor caracterizan nuestro actual momento histórico es que se le da demasiada relevancia y protagonismo a «las cosas» (por razones nada casuales, sino estrictamente necesarias para el funcionamiento de nuestro actual sistema social). Los objetos de consumo aparecen personalizados, mistificados sus supuestos «poderes» e hiper-fetichizados por el marketing.
“Del funcionamiento de esta megaindustria del marketing, a escala
planetaria surgen dos grandes productos esenciales para mantener activa nuestra maquinaria social actual:
- La fetichización permanente de los objetos de consumo transformándolos así en HIPEROBJETOS, de los cuales las drogas serían verdaderos objetos top por la plusvalía social que portan. Utilizamos nuevamente aquí la noción de fetiche aportada por el materialismo histórico, para el cual fetiche es aquél objeto que ha sido capaz de ocultar su proceso social de producción. Cuando hablamos de plusvalía social de los objetos, intentamos destacar algo que habitualmente se deja bastante de lado en la clínica y en los manuales de psicopatología y de biopatología: que los seres humanos no nos vinculamos con “cosas en sí”, sino con discursos socialmente construidos sobre las cosas que luego cargan ese “plus” socioinstitucional. Esa “plusvalía social” es lo que hace a cualquier objeto de nuestro sistema social, más o menos psicoactivo, y también incide significativamente en su bioactividad en nuestro cuerpo; siendo por ejemplo, el motor fundamental del célebre “efecto placebo”. A modo de ejemplo: uno no se compra un auto, o cualquier otra cosa, uno compra un discurso sociohistórico sobre un auto, por eso seguramente un “Ferrari” es mucho más psicoactivo, bioactivo y socioactivo que un “Fitito”. Esto es perfectamente extrapolable al plano de las ideas: los vínculos con una ideología, o incluso con nuestros referentes teórico-prácticos, pueden ser tan o más psicoactivos, adictivos, tóxicos y alienantes que el vínculo con una sustancia.
- La producción permanente de carencia en la subjetividad del consumidor. La renovación permanente del “ser de la falta”, como equipamiento subjetivo básico. Falta que promete ser colmada, siempre momentáneamente, por un hiperobjeto diseñado por el sistema para esos fines. Este fetichismo postmoderno, recurre a los mismos mecanismos de desplazamiento y condensación descritos por Freud; lo que varía fundamentalmente es su régimen de temporalidad. Este es un fetichismo hiperveloz de la era del zapping y del marketing: todo me seduce, todo me maravilla, pero por cinco minutos. Luego me desencanto y vuelvo a sentir mi “falta”, mi agujero existencial, mi castración, mi depresión.
Como reza un spot publicitario: “no hay depresión que una buena tarde de shopping no pueda curar”. Frente a estas “neurosis de consumo”, que todos en mayor o menor medida padecemos, el adicto construye una suerte de “psicosis de consumo”, pero a diferencia del psicótico, que frente a una realidad intolerable construye su delirio como una realidad interna alternativa en la que se refugia, el adicto se mantiene precariamente vinculado a la realidad con la ayuda de su hiperobjeto protector, que funciona como una suerte de objeto “transicional” que amortigua el impacto de una alteridad, también insoportable. El vínculo con ese objeto de consumo casi perfecto, le permite recrear, en un circuito de repetición alienante, las matrices primarias de significación y vinculación tóxicas que incorporó en sus vínculos primarios con su familia de origen y su entorno social.
La adicción la pensamos entonces, en una escala de análisis macrosocial, como una fusión momentánea y siempre insuficiente – alienación consumista perfecta – entre un hiperobjeto que promete y sabe prometer siempre más a un sujeto que se siente cada vez menos. En un momento histórico en el que los objetos de consumo se fetichizan, mistifican y “personalizan” cada vez más, la subjetividad del consumidor está condenada a ahuecarse, despersonalizarse y cosificarse al extremo en el » homo zapping» actual. No es de extrañar que la figura del zombie sea un emergente social tan intenso en el momento actual, construyendo incluso toda una “cultura zombie”. Ya ni siquiera es necesario estar vinculado a otro ser humano, sino simplemente “conectado” a los circuitos de consumo, como sugiere la campaña publicitaria de nuestra empresa estatal de telecomunicaciones en su slogan: “estar conectado es estar”.
Los adictos, en una rápida mirada macrosocial, serían entonces los hijos perfectos del feliz matrimonio entre el capitalismo líquido actual, con sus hiperobjetos fetichizados en un tiempo social acelerado hasta el vértigo, y el “ser de la falta” como equipamiento subjetivo básico aportado por el marketing.
Las formas predominantes de organizar nuestros vínculos como consumidores con nuestros objetos de consumo en el mercado global, rápidamente se desplazan inconscientemente hacia los vínculos interhumanos. Por ejemplo: la regla de la obsolescencia programada de los objetos de consumo, induciéndonos al “úselo y tírelo” y cuanto más rápido mejor, (diluyendo así la “subjetividad reparatoria” de objetos y vínculos de las generaciones anteriores) se instala rápidamente en la subjetividad humana, organizando las formas más usuales de vincularnos con nuestros congéneres”.
Si algo caracteriza a la sociedad de consumo es su eficiencia en la produccion social de «SUBJETIVIDAD CONSUMIDORA»( que podríamos esquematizar rápidamente como: individuos demasiado individuados, como células sociales sin tejido social vincular que las sostenga, relacione y nutra, con vivencias predominantes de vacío, desamparo, soledad, aislamiento, miedo o pánico -como manifestación sintomática de la angustia- que intentan infructuosamente paliar (en un registro meramente fáctico) integrándose a las redes alternativas ofrecidas por el mercado global, que los mantendrá “conectados” a las mismas como consumidores de pleno derecho).
Esa subjetividad consumidora, que postulamos como la forma prevalente y más poderosa de ALIENACION en el mundo actual, y que haya en las adicciones su expresión sintomal más acabada, interpela ETICAMENTE a las ciencias del hombre, obligándolas a aportar todas sus energías y herramientas disponibles para la comprensión y acción sobre los cambios operados en nuestra VINCULACIÓN CON LOS OBJETOS, hasta llegar a los niveles pandémicos de malestar en nuestra cultura, alienación y padecimientos presentes. Se nos plantea por lo tanto un ineludible y urgente desafío: usar todos los recursos disponibles por las ciencias humanas en una perspectiva historizante e interdisciplinaria, para «desfetichizar las cosas»(aportando las herramientas necesarias a los efectos de historizar los complejos procesos de producción social de esos objetos fetiche), trasladando el campo de análisis e intervención hacia un análisis crítico de las complejas RELACIONES que los sujetos construimos -y que por lo tanto también podemos problematizar reflexivamente y deconstruir con esos objetos.
Finalmente, en los discursos hegemónicos se pierde de vista invisibilizado, que el principal productor, distribuidor y consumidor de drogas, de sustancias altamente psicoactivas siempre ha sido nuestro cerebro y, sin necesidad de introducir ninguna sustancia externa , -simplemente a puro vinculo-. Nuestros vínculos siempre han sido y serán poderosamente psicoactivos, para bien y para mal. No debemos olvidar que la noción de «afecto» remite a la potencialidad de «afectar y ser afectado» por una relación afectiva
Por lo tanto la «carga afectiva emocional» que porta un vínculo no constituye ninguna garantía de bienestar o buena salud de la relación (más bien todo lo contrario) si ese componente emocional-afectivo no está muy bien encuadrado y canalizado por códigos claros y discriminadores del espacio de cada uno en la relación y que otorguen de esa manera, garantías básicas para la gestión de las diferencias entre los vinculados, asegurando de esa forma condiciones saludables para los intercambios y la resolución de los inevitables conflictos y malos-entendidos comunicativos .
La «psicoactividad» de nuestros vínculos no es por lo tanto para nosotros simplemente simbólica o metafórica, sino también estrictamente biológica.
Cuando hablamos de matrices primarias de vinculación tóxica o simplemente de vínculos tóxicos estamos hablando literalmente de vínculos altamente psicoactivos pero en un sentido negativo: vínculos violentos, asfixiantes, enfermantes, fusionales, indiscriminados, que traban todo intento de autonomización. En pocas palabras : amores que matan o dificultan severamente el desarrollo de la vida y de las potencialidades de los vinculados, que como decíamos antes ,por circunstancias nada casuales en el mundo actual se constituyen en pandemia o mal de época.
En comparación con la transformación de estas matrices primarias de vinculación tóxica , que se constituyen en el sustrato inconciente de todo vinculo adictivo, y que deberían a nuestro juicio constituirse en el principal objetivo clínico de los equipos interdisciplinarios dedicados al abordaje de las adicciones, la desintoxicación biológica de los efectos de las sustancias es relativamente sencilla.
Las drogas ilegales, las legales y el 99% de los psicofármacos actúan nuestro sistema límbico o «cerebro emocional», en una noción muy acotada del córtex prefrontal y en el mesencéfalo, que funciona en forma casi idéntica en un ser humano y en una rata.
Estas similitudes neuroanatómicas y neurofisiológicas «justificarían» la investigación de psicofármacos en roedores, extrapolando luego con cautela los hallazgos al mundo humano.
Prácticamente todas esas sustancias actúan sobre la producción metabolización y captación de tres neurotransmisores que gobiernan nuestras emociones básicas y sobre todo las sensaciones de placer y displacer, que son la dopamina, la serotonina y la noradrenalina,
.No debemos olvidar que esas sustancias no inciden sobre nuestro neocortex, (que es un invento evolutivo muchísimo más reciente que el límbico, siendo nada menos que el cerebro de la cultura – el propiamente humano – el de los vínculos a nivel simbólico , el del lenguaje, el de las instituciones- en definitiva : el que ha generado una brecha insalvable entre el mundo humano y el mundo que habita una rata o un reptil y que permite al ser humano uno de sus trucos de magia mayor : el trabajo reflexivo permanente del pensamiento humano sobre sí mismo, y sobre el sentir humano. Pensemos por ejemplo en la reflexión científica permanente sobre la condición humana, o en la inagotable cantera de la creación artística y la expresión poética que emerge del mundo humano y se vuelve a volcar en él, recreándolo permanentemente en un proceso incesante.
El ser humano sigue siendo el único animal del planeta cuya prioridad vital no es adaptarse a un contexto sino que tiene la capacidad única de crearse y recrearse a si mismo creando y recreando su contexto cultural.
El hombre es el único animal del planeta que es capaz de crearse y recrearse a si mismo, creando y recreando permanentemente el mundo que habita.
Lo anterior no asegura para nada que los contextos socioculturales que cree, sean necesariamente saludables .
El cerebro de un niño que maneja la lectoescritura se estructurará en forma claramente diferenciada de un niño que no la maneje o el que acceda precozmente a las nuevas tecnologías informáticas o cualquier otra producción significativa de nuestra cultura.
Pensemos finalmente como ejemplo en el dispositivo de alcohólicos anónimos, donde con el simple apoyo vincular de un grupo y un sistema de creencias compartido (con el que podremos estar de acuerdo o no) y sin necesidad de recurrir a ninguna sustancia substitutiva, millares de alcohólicos crónicos en el mundo se mantienen en abstinencia a una sustancia que es mucho más devastadora a nivel de sus efectos en el sistema nervioso central que la cocaína e incluso, para muchos autores, que la heroína.
El ancestral recurso de una red vincular sólida, continente, y un sistema de creencias compartido (sea cual sea – más allá de nuestras afinidades ideológicas) es y será una poderosa fuente de dopamina grupal que sustituye maravillosamente a la aportada por la botella, sin su impacto hepático ni neurológico, aunque seguramente a pocos laboratorios les seduzca la idea de financiar investigaciones que lo evidencien.
Estas investigaciones neurobiológicas de laboratorio, basadas en la experimentación animal son tan valiosas, como peligrosos algunos efectos sociales de lecturas biologistas reduccionistas de los mismos. Por ejemplo, el problema de las drogas desde este paradigma biologista a ultranza se reduce a la interacción entre un organismo biológico y una sustancia psicoactiva adictiva que incide sobre su dopamina, serotonina o noradrenalina. Esto se resuelve fácilmente cambiando la “droga mala” por una “buena”, generando frecuentemente adicción a dicho reduccionismo sustitutivo que genera y sostiene un poderoso mercado de “drogas buenas” y legales con todos sus “beneficios secundarios”.
Esas matrices explicativas dejan escapar nada más ni nada menos que las mayores potencialidades humanas: la posibilidad de transmitir ideas, imágenes, conceptos, toda la producción cultural, que es altamente psicoactiva y bioactiva, con un maravilloso truco del neocortex: sonidos articulados estructurados en sistemas simbólicos(léase lenguajes) que permiten transmitir a distancia todas estas imágenes, conectando en forma «inalámbrica» cerebros y cuerpos por mecanismos biológicos bien concretos, liberando neurotransmisores y sustancias altamente sicoactivas al por mayor sin necesidad de introducir ninguna sustancia externa al cuerpo, ni alimentar ninguna lucrativa industria de drogas buenas o malas.
Todo esto con el ancestral truco humano de su capacidad vinculante, de sus relaciones, que son muy activadoras de la dopamina y la serotonina, para bien o para mal, vínculos que pueden ser muy saludables o tóxicos pero siempre muy psicoactivos.
Miguel Angel Silva Cancela
Licenciado en Psicología
Psicólogo Social Clínico especializado en Grupos, Familias e Instituciones
Coordinador responsable del área de Familia del policlínico de Farmacodependencia del Hospital Maciel – 1989 – 2005
Supervisor del equipo técnico del Centro de Información y Referencia Nacional de la Red Drogas “Portal Amarillo”
Correo electrónico: misica60@gmail.com